La cocina de las elecciones

Encuestas, encuestas, encuestas. Hay que predecir los resultados electorales. No podemos esperar ni una semana más, hay que saber YA quién va a ganar.

Las encuestas de intención de voto han alimentado el debate y la actualidad política en este 2015 como nunca. Salimos casi a encuesta por día (no es broma). Menos mal que desde ayer -14 de diciembre- ya no se pueden publicar más hasta las elecciones. ¡Viva la incertidumbre!

Candidato ganador

Alrededor de los resultados de las encuestas electorales hay siempre controversia. Se habla de cómo se cocinan los datos, de si la estadística es interesada, de si buscan influir en el voto, de cuánto se equivocan. De todo ello, más o menos, queremos hablar aquí. Eso sí, intentando no entrar en tediosos detalles que le quiten la gracia al asunto.

Mirando al pasado, muchas encuestas aciertan o se aproximan al resultado. Pero otras son famosas por sus fracasos. En las últimas elecciones europeas, El País pronosticaba un 2.4% de votos para Podemos y El Mundo un 3.1%. Resultado real: 7.98%. El “columpio” más reciente se produjo en Reino Unido. Al conservador David Cameron ninguna encuesta, ni siquiera las más benévolas, le concedía más de 295 diputados. Las urnas le otorgaron 331, mayoría absoluta.

¿Por qué pasan estas cosas? ¿Podemos fiarnos de las encuestas electorales?

A priori, yo diría que sí. Al menos nuestros medios así lo hacen. Desde que arrancó la campaña electoral (el día 4 de diciembre), se han publicado cerca de una treintena de encuestas. No hay día que no amanezca con un nuevo “Ciudadanos se dispara” o “Pedro Sánchez se estanca”. Los últimos meses han sido un no parar. El Mundo, en un trabajo muy interesante por cierto, contabiliza los resultados de nada menos que 125 encuestas publicadas en lo que va de año.

Encuestas que se ven, más o menos, así.

Encuestas electorales

Metroscopia, Demoscopia, Sigmados… Unas 20 empresas (y sus intereses) hacen hueco para sus pronósticos en las páginas de nuestros periódicos. Otras tantas luchan por hacérselo. Es tanta la presión que hasta en el CIS, el Centro de Investigaciones Sociológicas, trabajan contra el reloj para publicar los “datos oficiales”.

Ante semejante vorágine encuestadora, y variedad de resultados, a uno se le ocurre una gran pregunta. ¡Cómo puede cambiar tanto la opinión de la gente de un día para otro! ¡Qué país!

La verdad es que hay muchos factores que influyen en el resultado de una encuesta tal cómo nos llega. Así que vamos a meternos un poco en harina.

La mayor parte de las encuestas electorales de hoy en día siguen, grosso modo, el modelo que se inventó un tal George Gallup en 1930. Periodista, matemático, estadístico y, sobre todo, pionero, este señor estadounidense creó la encuesta Gallup, o Gallup poll, un método bastante efectivo para sondear la opinión pública. Mediante un muestreo aleatorio, dentro de unos grupos de muestra bien definidos, se logra mantener la parcialidad de los resultados al mínimo posible.

Y ya nada fue lo mismo.

Así que, en principio, los resultados son imparciales. Teniendo en cuenta que todos nos digan la verdad, claro. Pero contra eso no hay mucho que hacer.

Entonces, para empezar, definimos los objetivos de la encuesta (qué queremos saber) y nuestro universo (a quién le vamos a preguntar). Aquí llega el primer gran escollo, porque a más encuestados, más trabajo y mayor precio a pagar. Por hablar en líneas generales, una muestra inferior a 500 personas no nos daría datos muy fiables, según The Gallup Poll. Las del CIS, por ejemplo, usan un universo de unas 2,500 personas. Este factor se traduce, entre otros valores, en el llamado nivel de confianza, es decir, a qué nivel estamos seguros de que la muestra que se ha elegido haya influido en los resultados obtenidos. Si este está por debajo del 90-95%, desconfía del resultado.

Del número de entrevistados también depende, directamente, el margen de error, es decir, cuánto podría llegar a variar el resultado si la misma encuesta se repitiese con distintas personas. En las encuestas de intención de voto, se suele situar en un 3%, lo cual no quiere decir que el error sobre el resultado final no pueda ser mucho mayor (recordemos los casos de David Camero o Podemos, u otros muchos que recoge este buen artículo de Yorokobu). Por último, está el factor tiempo. No es lo mismo que la encuesta se haga en pleno rescate financiero (sí, amigos, el rescate existió) que tras una victoria de la selección española de fútbol.

Para quien quiera cotillear un poco más, así luce una ficha técnica de un barómetro del CIS. Y un documento algo más serio con definiciones de conceptos y algunas fórmulas elaborado por la Universidad de Murcia.

Hasta aquí, lo que todo el mundo sabe, o podría llegar a saber con un poco de googling. A mayores está lo que pasa dentro de las cocinas, porque sí, las cocinas existen, no son ninguna leyenda ni invento conspiranoico. Hasta la más seria de las empresas de sondeos lo reconoce. Las fórmulas y las recetas son siempre secretas, pero, sin excepción, los datos en crudo se parecen poco a los que salen del horno. Y es que, si no hubiese un cocinero de por medio, me parece a mí que habría poco producto que vender.

cocina de encuestas

¿Cuánta gente no sabe a quién votar hasta el último momento? ¿Cuánta gente no va ni siquiera a votar? Hoy, a cinco días del 20D, un 40% de los españoles no sabe qué votar ni si irá a votar. Casi la mitad de la población. Ahí entra el trabajo de los magos de la cocina.

Por usar un ejemplo público, que son a los que mejor se puede acceder, así eran algunos de los datos en crudo del barómetro del CIS para las elecciones europeas de 2014:

PP 14.1% – PSOE 14.1% – IU 5.2% – Podemos 0.8%
No votaría 23.8% – No sabe todavía 20.6%

Y el resultado en las urnas:

PP 26.1% – PSOE 23% – IU 10% – Podemos 8%

(con una abstención del 54.1%)

Básicamente, el trabajo del Chef de los Datos es que lo primero (lo crudo) se parezca lo más posible a lo segundo (la realidad). Con preguntas adicionales, más allá del típico “a quién votaría usted de celebrarse hoy las elecciones”, el encuestador intenta conocer los gustos y preferencias del votante para predecir, sí, PREDECIR, a quién acabará votando. Y claro, con un porcentaje de indecisos por las nubes, el margen de errar en esta predicción también se dispara. Lo explican muy bien en el blog Principia Marsupia del diario Público.

Narciso Michavila, presidente de una empresa de análisis llamada Gad 3, reconocía en una entrevista reciente con El País que el término cocina no le molesta en absoluto, “porque se trata exactamente de eso, de guisar los datos con tu receta particular”. A lo que Belén Barreiro, ex-directora del CIS, añadía que aunque existen “modelos de estimación de voto”, hay mucho de “intuición, olfato, y un punto de apuesta”.

Así que sí, las cocinas existen (como el rescate a los bancos) y son la esencia de la estadística electoral. Sin un cocinero de datos no habría estadística que vender ni números abrumadores con los que llenar las portadas. Y, con mucha probabilidad, es gracias a estos cocineros y sus recetas, por lo que los resultados cambian tanto de un día para otro.

urna de votos

En estas últimas semanas, cerca de 20 empresas, con 20 chefs y cientos de pinches, han trabajado sobre la bocina para aproximar mejor el resultado final. ¿Besugo al horno o bacalao al pil-pil? Menos mal que en las urnas no hay cocinas, que sepamos..

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